PIEZA 4: Experiencia Escénica Sensorial (Dentro del Laboratorio Reestructurando los Métodos Escénicos. (Cocina y Escena).

CRÓNICA 1:

Reestructuración cuestiona el concepto de lo escénico desde el primer momento. Esta tabula rasa es la mejor manera de acercarse a esto del teatro. Cuando digo teatro, digo escena, cuando digo escena, digo encuentro en y con lo colectivo. Si embargo, la pieza tiene una estructura clara: prólogo, cuatro actos y epílogo; pero aquí se desprecian algunos de los recursos habituales de la escena (apagar la luz en el público y encenderla en otro lugar, disuadir a los espectadores de que hablen durante la función, los espectadores dejan de ser un todo indiferenciado y se dividen en pequeños grupos a razón de sus afinidades). A cambio, cada escena es un estímulo que se presenta para disparar la conversación en esas pequeñas pandillas. Esta conversación puede girar sobre la escena, dispararse a partir de ella o generar un paréntesis de silencio. No importa. La obra continúa con el peso de lo real, lo palpable.

Esas presentaciones le dan un tono brechtiano a lo que vemos: un maestro de ceremonias que no siempre es el mismo (tres personas comparten ese rol) nos informa de lo que va a suceder a continuación. Ese juego de anticipación sí que entronca con uno de los núcleos duros del drama, la ironía trágica. Cuento lo que es eso para las no iniciadas: el público sabe más que todos o algunos de los personajes. Es el recurso de todas las pelis de miedo en las que nos enseñan dónde está escondido el asesino para que luego suframos cuando la víctima se acerca a ese lugar.

Más allá de ello, esta pieza me lleva inevitablemente a las primeras preguntas, esas que siempre nos acompañan, aunque las respuestas que les damos vayan cambiando: ¿qué es teatro?, ¿qué estoy realmente seguro de que no lo es?, ¿para qué sirve si es que aún sirve para algo? Me acuerdo de unas palabras de Pedro G. Romero que me he tenido que aprender hacer poco: “Recuerda a Ángel González diciendo que el único arte, la última situación que nos queda es una buena comida y unas copas con los amigos.”

He sido intencionadamente ambiguo con este espectáculo. En la próxima entrega de este diario os cuento más de él y os desvelo alguna sorpresa.

Restaurante ABANTAL (Julio Fernández)

CRÓNICA 2:

Es este lugar de espectador que soy yo, y trato de usar mis herramientas lectoras en aquello que decido analizar. En este caso, se trata de una invitación de Jorge Barroso a participar como comensal en un almuerzo en Restaurante Abantal de Julio Fernández. Y la propuesta es tratarlo como si fuera un espectáculo teatral.

Qué es teatro. Y qué no lo es.

Al llegar, como en cualquier espectáculo, nos reciben con amabilidad y vamos al lugar que nos corresponde. Hablamos entre nosotros y esperamos que empiece la función, o sea, el almuerzo. Este rato equivale a los momentos previos a una representación escénica al uso: la espera antes de que comience la función, en la que se comparten o se piensan expectativas.

El momento en que aparece el primer camarero (“intérprete”) y nos ofrece un aperitivo equivaldría a la levantada de telón. Estamos atentos a lo que dice y, sobre todo, tratamos de adivinar en ello los códigos que se desplegarán durante el resto de la pieza. Cada propuesta escénica es un juego, también cada interacción, y al principio todos intentamos entender sus reglas para jugarlo bien. Esto podría calificarse de prólogo. Lo curioso es que la persona que nos explica lo que vamos a degustar en este aperitivo, es decir, nos anuncia lo que va a pasar para predisponernos. Hay algo brechtiano en la propuesta: dentro y fuera, la representación y el distanciamiento para no perder la capacidad crítica. Lo que pasa es que Brecht lo utilizaba para que el público apreciara las contradicciones del capitalismo y aquí nos ayudan a concentrar nuestra atención en los detalles (sabores, texturas, etc).

Otro elemento que me llama la atención es que, una vez que nos quedamos solos y degustamos esos aperitivos, vamos comentándolo a la vez. Si esta comida es la escena, no es imprescindible nuestro silencio, por lo que la recepción y la crítica son simultáneas.

Uno de los comensales se pregunta qué parte hay de necesaria y qué parte de litúrgica en el servicio.           

Esa estructura: presentación de la escena por quienes nos sirven la comida (descripción exhaustiva de lo que nos van poniendo como invitación para degustarlo mejor) se repetirá en los siguientes platos (escenas). Dibujando una estructura en actos:

  • Prólogo: aperitivo.
  • Primer acto: entrantes.
  • Segundo acto: Pescados.
  • Tercer acto: carnes.
  • Cuarto acto: postres.
  • Epílogo: chupito y dulces de obsequio final.

En un cierto momento, pedimos permiso para salir a fumar. No lo haríamos en u restaurante “normal”, pero la precisión y el control que se aprecia en cada detalle nos hace sospechar, con razón, que es mejor comentarlo y no darlo por hecho. Efectivamente, nos dicen que avisan a cocina para detener el proceso de elaboración y que lo retoman cuando terminemos de fumar. Hablamos, otro de los comensales es arquitecto e inevitablemente presta más atención al espacio, de cómo hacer de la entrada al restaurante parte de él. Volvemos y todo sigue. Recuerdo una anécdota que viví cuando fui ayudante de dirección de la versión teatral de una temporada de la serie televisiva Amar en tiempos revueltos. El director y el productor debatían sobre si hacer descanso o no hacerlo (la obra duraba 120 minutos) y la previsión de edad media del público era alta, por lo que no era seguro que sus próstatas aguantaran tanto tiempo sin una visita al baño. Mientras escribo, recuerdo que cada acto de las obras en el teatro clásico francés duraba lo que tardaban en consumirse las velas que iluminaban el teatro. Y pienso que los alrededores de las representaciones y los elementos materiales son la respuesta a muchas de las preguntas sobre sus mecanismos.

La comida-representación prosigue y, a ratos, nos pedimos silencio mutuamente para disfrutar mejor y más profundamente la sensualidad de lo que ingerimos (olores, texturas, sabores, temperaturas). Quizá por eso, en mitad de la comida, uno de los comensales cita ZAT (wikipedia dixit): Zona temporalmente autónoma un ensayo escrito por Hakim Bey en que describe la táctica sociopolítica de crear espacios temporales que eluden las estructuras formales de control social. (…) Para conseguirlo, hace humildes sugerencias: usar sólo “medios íntimos” (zines, ruedas de teléfonos, BBSs, radio libre y mini-FM, TV de cable de acceso público, etc.) y evitar actitudes confrontacionistas de macho fanfarrón –no necesitáis cinco segundos en el Telediario (“policía asalta secta”) para dar sentido a vuestra existencia-. Nuestro eslogan podría ser: “Búscate la vida, no un estilo de vida”. No sé si este oasis de placeres y sensualidad que nos están regalando julio Fernández y su equipo son o no ZAT, pero algo de la rebelión fugaz se respira en esta mesa. Por un momento sueño que todas las mesas son ZAT´s y que aquí empieza la revolución. Inmediatamente después, pienso que este restaurante es a la comida como la ópera a la escena: un lugar exquisito para sentirte privilegiado.

Aparece una pregunta en la mesa que quedará flotando en ella durante toda la comida y, aún ahora, tres semanas después, sigue rondando por mi cabeza: ¿Es necesario el marco para la obra? ¿Qué le aporta? Esta pregunta entronca con la que se formuló más arriba, qué parte hay de necesaria y qué parte de litúrgica en el servicio, y señala el intento por separar lo esencial de lo accesorio, no para eliminar lo accesorio (sin lo accesorio no seríamos humanos) sino para mejor analizar y valorar. Y uno de los comensales cuenta su experiencia en un restaurante en Japón, en el que elegías el pez vivo con el que querías que te prepararan el sashimi y el cocinero le cortaba lo justo para que el pez siguiera vivo mientras tú te comías su lomo hecho sashimi. Esta escena cruel y terrible me recuerda a la secuencia de El silencio de los corderos 2 en que Hannibal Lecter se está comiendo los sesos de su víctima, mientras ésta drogada lo contempla. Obviamente, en estas crueldades rituales está claro dónde termina lo necesario y dónde empieza el ritual (macabro, pero ritual).

Estas conversaciones también son la obra porque en este espectáculo somos al tiempo público y ejecutantes.

El espectáculo en total duró tres horas y media. Pocas veces he disfrutado tanto en un teatro como en ésta durante tanto tiempo (recuerdo un Marthaler y un Strehler), así que igual hay algunas estrategias que deberíamos copiarle la gente de la escena.

Restaurante ABANTAL (Julio Fernández)

Para terminar, hago balance de si esto que hemos vivido, más allá de los paralelismos señalados con la teatralidad, es o no un espectáculo en vivo. Es cierto que hay un público y unos ejecutantes que compartimos espacio y tiempo. Estamos claramente diferenciados. La cosa es que el público es también ejecutante por ratos (al menos, en mi manera de vivir la velada). También observo que, frente a los espectáculos en vivo, en los que los ejecutantes están siempre ante el público, a no ser que haya un intermedio pactado (el entreacto de una obra de teatro o el descanso de un partido de fútbol), aquí los ejecutantes llegan, sirven el plato o la bebida y se van. Lo que queda son las obras en forma de viandas que degustamos: ¿se trata de presentaciones de escenas que consisten en instalaciones de arte objetual efímero?

Tras terminar, pasamos a la cocina acompañados del chef, Julio Fernández. Esa visita a la cocina se parece mucho a la de un neófito a lo que no se ve de un teatro: Peine, hombros, cabina técnica son lugares diseñados concienzudamente para hacer todo el trabajo invisible que necesita la representación. Julio nos cuenta que él está intercomunicado con todo su personal de cocina y les va dictando (de acuerdo con las indicaciones del Personal de sala) el ritmo exacto de preparación de los platos, ya que cada pieza tiene un tiempo de cocción exacto y una temperatura a la que tiene que ser servido. Si algo falla, el plato no es el que se quería que fuera. Esa exactitud y control por parte del artista y su equipo me recuerda a la figura del regidor en el teatro: coordina a todo el equipo técnico y artístico para que el espectáculo salga exactamente como se concibió. Así que Julio Fernández sería dramaturgo, director y regidor de su propia pieza.

Más allá de todas estas consideraciones a vuelapluma sobre la relación cocina-escena, se me quedan dos ideas de fondo: cada vez tengo menos claro qué es teatro y qué no, y creo que mucho de ello está en la actitud de quienes asisten a ello; los espacios de interacción entre espectadores y la inserción de la vida en los procesos artísticos son tan necesarios como inevitables.        

Julio Fernández (Restaurante ABANTAL)

Textos publicados por David Montero en el Diario.es

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